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ISSN 1989-4163

NUMERO 80 - FEBRERO 2017

Las Pequeñas Cosas

Joaquín Lloréns

Música para acompañar: Wellcome to the machine - Pink Floyd

Cuando uno sale del cascarón en la adolescencia el mundo se presenta como un patio de juegos en el que las ansias de vida, de conocimiento y de encontrar tu propio lugar hacen que se busquen emociones y experiencias nuevas que, muchas veces, hacen que se roce lo trágico. Lo rutinario es una entelequia cuyo significado se escapa a tu comprensión. Y así hasta que, de pronto, pasas a formar parte del engranaje. Sin darte cuenta te ves trabajando en algo que, si tienes suerte, tardará aún algunos años en hacerte consciente de que el dinero no compensa la pérdida de libertad y de que la ruindad y la miseria moral teclean junto a tu puesto de trabajo.
La mayoría, empujados por nuestra programación genética, establecerá una relación de pareja que si el reloj biológico presiona lo suficiente, acaba con embarazos y partos que, además de las inefables alegrías que un retoño da, termina de vallar la despreocupada libertad que la adolescencia trajo consigo junto con las frustraciones de descubrir que tus deseos suelen chocar contra el muro de los intereses de los otros. Son años en los que, sin darte apenas cuenta por lo perentorio del día a día, las ansias de aventura, de locura y de pasear por el filo de la navaja dejan de ser la prioridad que rige tu existencia.

Es este un tiempo de alegrías y tristezas. Uno descubre por fin que en el mundo hay cosas y seres más importantes que uno mismo; que ya no todo gira en torno a si, sino que tú comienzas a girar en torno a otros; parte por responsabilidad moral y parte –la principal– por ese código genético que nos hace más robóticos que lo que quisiéramos. Y lentamente, con la parsimonia de una galaxia girando sobre sí misma en el infinito, vas abandonando aquella ingenua ilusión de que podías ser lo que quisieras, lograr lo que desearas, alcanzar la meta que te propusieras. La rutina se aposenta en tu existencia y te rebelas ante ella y le achacas la amargura de tus días de incipiente madurez. Y un día, agotado por un trabajo que no te realiza, quizás consciente de que tu pareja ha perdido aquella frescura y aquel deseo que te enamoró y que ahora te golpea cada día con la fusta de su propia frustración, quizás angustiado por la incapacidad de dar a tu prole lo que tu espíritu desea, te percatas de que tu mundo no tenía 36.000 kilómetros como dicen los atlas, sino que se reduce a unos pocos kilómetros en los que malgastas tu existencia. Son años de triste tribulación que es difícil de compartir ya que todos jugamos la ficción ante los demás de que somos felices, de que nuestra vida es alegre y plena. Y nos engañamos los unos a los otros. Como si de un parque temático se tratara, hacemos como que nos creemos las mentiras de los demás para hacernos la ilusión de que los demás se creen las nuestras. Y así, si no felices, vivimos en una niebla compartida que nos permite seguir adelante.

Y el tiempo pasa. Nuestros sueños, nuestras ilusiones se van disolviendo en el agujero negro del presente y, poco a poco, sin ser conscientes de cómo ese sentimiento va conquistando nuestra alma, asumimos nuestra fútil existencia y comenzamos a dejar de sufrir la desesperación de quien ha comprendido que la vida no lleva a ninguna parte… salvo la muerte. Y frente a aquellas ansias juveniles de tragarse la vida, las experiencias se tornan la mayoría de las veces en desabridas certezas.

Y el tiempo pasa y una nueva ansia va tomando el control: la tranquilidad. La rutina, otrora tan amarga, se trastoca en fuente de certeza, de calma espiritual. Y te ves disfrutando de ella, que te permite contemplar cada día el mismo árbol y observar cómo se desnuda en invierno y cómo día a día, salen sus brotes, cómo de ellos crecen sus hojas y cómo florecen dando esperanza a una vida algo cansada. Te cruzas cada día con las mismas personas; con esa madre que acompaña al colegio a sus tres hijas. Cómo estas crecen imperceptible, pero inevitablemente. Cómo florecen. Te preocupas cuando tras la esquina un día solo son dos las niñas. ¿Estará resfriada? ¿Será más grave? Una serena alegría te reconforta cuando unos días después te cruzas con las cuatro de nuevo. Es un gozo tranquilo, suave. La alegría de las pequeñas cosas.

Las pequeñas cosas

 

 

 

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